Teodoro.

Todo acto de bondad es una demostración de poderío“. Don Miguel de Unamuno y Jugo, escritor, filósofo, rector de la universidad de Salamanca y político bilbaíno máximo exponente de la llamada generación del 98.

La bondad es un valor en declive, un retazo de moral antigua… y ante todo  algo tan extraño, hoy en día, como ver un político razonablemente honrado.

No es fácil definir la bondad, pero si me lo permiten me decanto por una definición que me resulta muy acertada; la inclinación natural hacia el bien.

Y es que en nuestra “rectitud” humana somos propensos a muchas inclinaciones, cachondas la mayoría y nada dadas a patrones de moralidad obsoletos; hacemos lo que nos apetece, vivimos anclados en el más puro egoísmo individual.

El reino del yo prevalece por encima de cualquier otra disquisición o gilipollez bondadosa, es lo que hay y no da para mucho más.

Pero en ocasiones conocemos a alguien, u observamos una conducta, que nos impacta y de algún modo remueve nuestra sólida conciencia del rey yo.

Cual estrella fugaz, en nuestro pequeño firmamento, alguien o algo trastoca nuestro orden natural; nos confunde y nos inquieta…puede arrancarnos una sonrisa y en ocasiones una lágrima.

Mi propia profesión, en la que los actos de bondad son una flor en medio del desierto, me ha provocado quizás una especial capacidad para valorar cualquier inclinación natural hacia el bien.

La historia es sencilla, los personajes reales….aún cambiando sus nombres.

Aquella familia ganadera era y es el ejemplo más rotundo de una vida sacrificada, dura hasta extremos inconcebibles.

Trescientos  sesenta y cinco días de trabajo al año, sin fines de semana ni por supuesto vacaciones de ningún tipo; toda su vida giraba en torno al ritmo natural del ganado.

Una pequeña explotación ganadera de ganado bravo, vacas y toros, nada sencillo de manejar y mucho menos de alimentar.

Esta familia, ejemplar y esforzada, siempre precisó de soluciones alternativas para poder sobrevivir al día a día.

Soluciones para poder hacer frente a los pagos de camiones, tractores y demás útiles necesarios para sacar adelante un modo de vida en el que, cual caballeros cruzados, se empecinaron por tradición y costumbre.

En dicha lucha, de supervivencia e ingenio, decidieron “poner” unas ovejas que les aportasen carne para consumo propio.

Solución que aflojaría un poco el cinturón inexorable del día a día. Desconozco cómo ni cuándo, sólo recuerdo que un buen día, y estando de visita, me dijeron que le llevaban la comida al pastor.

No sé muy bien por qué pero aquello me llamó la atención sobremanera, tal vez al escuchar que se trataba de una persona introvertida y aislada del mundo exterior.

Quizás saber que no pisaba un núcleo urbano ni para cortarse el pelo, ya que se lo cortaba una de las mujeres de la familia ganadera.

Por una u otra razón aquello me atrajo de un modo especial, y siempre que había que llevarle la comida al campo – provisiones para una semana – me ofrecía voluntario.

Recuerdo la primera vez que lo conocí, Teodoro era un hombre curtido y de unos 60 años, aunque nunca supe con exactitud su edad, de caminar firme, serio y reflexivo……pero sobre todo parco en palabras.

No resultaba sencillo acercarse a su ser, y mucho menos con pinta de señorito gilipollas de ciudad – que al fin y a la postre era mi propia imagen – pero por alguna extraña razón, cada vez que tuve la oportunidad de estar con él y aún en el silencio más absoluto, creo que ambos nos encontrábamos en paz.

Teodoro vivía en una pequeña cabaña en el campo, pegada a los corrales, en aquel hogar un camastro, un par de alacenas, un baúl y una lumbre perpetua eran sus pertenencias.

Desde dicho campamento ejercía su profesión, trasladando cada día a las ovejas desde los corrales hasta pastos lejanos; pasaba jornadas enteras fuera de su cabaña y su vida transcurría en paz y con una libertad limitada por sus obligaciones.

Pero la mayor posesión de Teodoro no era material, tan siquiera el dinero que percibía por su trabajo y que nunca empleó en nada conocido, su mayor posesión eran sus perros.

Teodoro vivía rodeado de sus perros, recuerdo que al menos eran ocho, vivía inmerso en el lenguaje del silencio y la calma; tuvo un pasado, como todo hijo de vecino, pero poco me importó ni me importa si sus vivencias anteriores hicieron de él lo que era.

Un día le llevamos la comida y su preciado tabaco, no recuerdo qué había sucedido… pero sí recuerdo que sus provisiones se habían agotado.

Me senté al borde del camastro y Teodoro empezó a pelar patatas poniendo una olla con bacalao desalado al fuego.

Levantó la cabeza y me miró profundamente…. le dije que si necesitaba ayuda que me ponía manos a la obra y comíamos juntos…su respuesta fue.. “no te preocupes ya comeremos…ahora los que tienen que comer son los perros que llevan un par de días a pan y agua”.

Teodoro bajó la cabeza, y sus ocho perros tumbados cerca de la lumbre lo miraron.

En aquel momento percibí un vínculo tan extraordinario entre ellos……… que juro nunca podré olvidar.

Teodoro se apartó del mundo, sus razones tendría, pero no se apartó de la nobleza y de la bondad; amaba a sus perros con locura y prefería pasar hambre antes de que ellos sufriesen penurias.

Teodoro murió en su camastro, me contaron que lo encontraron dormido y con el semblante en paz; nunca dudaré al respecto, esa paz no se logra de otro modo.

Esa paz fue el fruto de su perfecta comunión con su entorno, Teodoro fue un hombre bueno.

Aquellos que compartimos nuestras vidas con animales, y en especial con pedazos de naturaleza, debiéramos ser como fue Teodoro.

Poco dados a estridencias y alardes, reflexivos y ante todo bondadosos con aquellos seres que, a pesar de no escogernos, morirán a nuestro lado.

Si somos capaces de vivir y generar un vínculo parecido, si llegamos a acercarnos a algo así…puede que el día en el que Caronte nos lleve en su barca la paz se refleje en nuestro rostro.

Hoy en este mundo, del llamado perro lobo checoslovaco, existe demasiada inclinación a la opereta, demasiada inclinación al folletín y creo que muy poco poderío….Teodoro sí fue muy poderoso.

In memoriam.

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