Cuentos y leyendas. La jara.

“Todos piensan en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo.”. Alekséi Nikoláyevich Tolstói, alias camarada Conde, fue un escritor soviético de origen noble y especializado en novela histórica y de ciencia ficción; fallecido en 1945.

Siempre fue tema de tertulia en los bares. Ni las empinadas cuestas del pueblo, ni la blanquecina luz de sus calles, eclipsaron el suceso.

Al fin y al cabo, y a pesar de su carácter fronterizo y cosmopolita, allí se mantenía la ancestral y nacional tradición del cotilleo patrio.

Los sucesos de la finca La Jara fueron muy comentados, fabulados y mil veces revisados. Aquella finca, con una extensión de más de trescientas hectáreas, era el residual blasón de la familia.

Desde que  Carlos I en 1521 creó el marquesado, la finca era el traje que vestía la decadencia nobiliaria de una estirpe que, poco a poco, y sin demasiado bombo y menos platillos, agonizaba entre apariencias y penurias.

Alejandro siempre fue la oveja negra de la familia, criado con mimo y esmero por la matriarca estudió en un tradicional colegio de Sevilla. Al menos pasó por sus aulas, con mucha pena, poca gloria y demasiadas visitas de Doña Elisa a la dirección del centro.

El niño apuntaba maneras, el endiablado niño rompía los tradicionales moldes de la familia; quebradero de cabeza para Doña Elisa y pasmo absoluto para su padre el Marqués.

Creció como crecen las jaras en la finca, fuerte, cabezón e indomable al fuego. Expulsado por fin del centro, nunca se supo el verdadero motivo, terminó su educación secundaria en Portugal alejándose del mundanal escándalo de sus hazañas gracias a su tío Eduardo.

Poco más se supo de él en el pueblo, un silencio sórdido envolvía su destino, hasta que su regreso un verano de 1994 conmocionó las tertulias y los corrillos del pueblo. 

El marquesito había regresado, tostado por el sol, con el pelo rapado casi al cero y con un cuerpo tan extremadamente musculado que parecía que los diez años, en los que se mantuvo ausente y en paradero desconocido, los hubiese pasado en galeras tirando de remo.

Pero nada escapa al “saber”popular, nada puede mantenerse alejado del bisturí de las mesas de café y orujo, y en aquel pueblo todo terminaba “sabiéndose”.

Historia rocambolesca la del “niño”, dicen que se alistó en la legión extranjera, cuentan que tras bregarse en algunas guerras en el continente africano terminó de “soldado de fortuna”  – léase mercenario a sueldo – en el conflicto de los Balcanes.

Poco más se supo, al menos con certeza, Doña Elisa ya mayor y achacosa siempre mantuvo un digno silencio; el Marqués vegetaba peleando contra un alzheimer galopante y en la casa todos mantuvieron un digno y pulcro silencio.

Pero el niño no volvió solo, Alejandro regresó acompañado….. cuentan que con un lobo.

Lo cierto es que el “señorito mercenario”, como fue rebautizado en el pueblo, salía de la casa familiar en compañía de un llamativo animal; un lobo se rumoreaba en las tertulias.

Anselmo, uno de los ilustrados del pueblo, puso punto y final a la “leyenda” del lobo. No se trataba de un lobo, era una raza de centro europa, de la antigua República Checoslovaca, era un perro lobo checoslovaco; pero la sabiduría popular es cabezona y testaruda y el “señorito mercenario” pasó a tener un lobo para los restos.

Cosas del saber popular, vaya usted a saber por qué, se fabuló mucho con la novedad; lo cierto es que Alejandro nunca se dignó acercarse al pueblo.

Tan siquiera sus amigos de infancia y adolescencia pudieron llegar a él, su vida y rutina desde su llegada, aquel verano de 1994, se exponía parcialmente a los ojos de los paisanos.

Se le veía salir de la casa familiar al amanecer, cuentan que siempre acompañado de su lobo, con una pequeña mochila a la espalda y tomando dirección a la sierra; las fuentes de información populares ampliaban la jornada indicando que recalaba en La Jara y que allí pasaba días sin bajar al pueblo.

Un misterio, una aguja clavada en los corrillos y tertulias; en definitiva algo intolerable no saber qué sucedía con el “señorito mercenario” y su lobo.

La rutina popular tiene sus ciclos, y el despelleje sus etapas; Alejandro dejo de ser “noticia” eclipsado por el embarazo de la niña de la señá Dolores, al parecer el alcalde podría ser el padre; el pueblo retomó la frívola necesidad de novedades escandalosas.

Doña Elisa falleció en silencio, digna y pulcra abandonó este mundo, sin ruido tal y cómo pasó por él; el Marqués al poco tiempo dejó de rememorar su infancia para entrar en su mundo interior, muriendo en la casa familiar y apagando la luz de los blasones y la tradición.

Del “señorito mercenario” poco o nada se supo, la casa familiar se cerró tras la muerte de sus ocupantes; los funerales se celebraron en Sevilla, y al parecer la escasa fortuna familiar se encomendó a una Fundación nobiliaria, de muy rancia tradición.

Se supo que la Jara le quedó en herencia a Alejandro, pero nunca más se le vio por el pueblo.

Cuentan que pastores y cazadores del lugar lo vieron en la sierra, dentro de los dominios de su finca, con el pelo largo y una barba de profeta, vestido con ropas de camuflaje, y siempre acompañado de su lobo. Del “señorito mercenario” pasó a ser el loco de la Jara.

Dicen que en ocasiones se escuchaban aullidos en la sierra, aullidos de lobo…y la leyenda popular envolvió al loco de la Jara.

Pasaron los años, con su rutina, con sus novedades, pasaron como pasan en los pueblos…repetitivos y anodinos.

Y una mañana, el Seprona localizó el cuerpo de Alejandro, y de su lobo, acribillados a tiros de escopeta a pocos metros del cortijo de La Jara.

Aquello conmocionó no sólo al pueblo y la provincia, fue portada nacional en todos los medios; se detuvo a dos personas acusadas del crimen, las detenciones fueron muy rápidas.

Uno de los asesinos confesos tuvo que ser atendido por graves heridas, terribles mordiscos en cuello y brazos. Pretendían robar en el cortijo del loco de La Jara, eran viejos conocidos del pueblo, delincuentes habituales de los que anidan en cada rincón del suelo patrio; especímenes producto de una sociedad tan peculiar como la nuestra, capaces de “picar el billete” a cualquiera por un par de euros si la cosa se tuerce.

La prensa indagó en el suceso, ríos de tinta cubrieron el papel, y el loco de la Jara dejó de ser una leyenda para conocerse su historia, al menos la que le convirtió en una especie de héroe en Croacia.

Aquel niño, aquel señorito rebelde, el “mercenario y loco de la Jara”, había salvado la vida a un grupo de bosnios refugiados en Croacia; 350 personas en su mayoría mujeres, niños y ancianos, en pleno invierno de 1993, fueron recluidos por las milicias serbias como ganado en una granja de la localidad de Zadar.

Aquellos milicianos fueron asesinando, de manera sistemática y cruel, hasta que quedó un reducido, famélico y paupérrimo grupo de 32 mujeres y niños.

Una noche de febrero, relatan los supervivientes, tres milicianos montaban guardia en el exterior de la granja; se escuchó un sonido extraño, una especie de rugido….sonaron disparos y la puerta se abrió.

Ante aquel grupo deshumanizado, famélico, y más muertos que vivos, apareció la figura de lo que parecía un lobo acompañado de un soldado.

Aquel hombre los sacó de la granja y los condujo a los bosques cercanos, pasaron cuatro días caminando a duras penas, ocultos durante el día, aquel español les procuraba algo de alimento cada noche; cuando se desplazaban el lobo siempre cerraba la columna de refugiados mientras él avanzaba en vanguardia.

Al quinto día llegaron al cuartel de las fuerzas de protección de Naciones Unidas, allí con lágrimas en los ojos aquellas mujeres y niños abrazaron al español. Mucho más tarde, se supo que era un desertor de las fuerzas serbias; un mercenario que intentó pagar su deuda con una guerra asquerosa y cruel.

Alejandro fue enterrado en el panteón familiar, de su perro lobo checoslovaco poco se supo.

En su tumba alguien desconocido escribió con tiza un extraño epitafio……..”no cambiaste el mundo, pero intentaste cambiar”

 

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