Un bosque con alma.

“Nuestros sentidos nos engañan o son insuficientes, cuando se trata de análisis, observación y apreciación”. Pierre Bonnard, pintor e ilustrador francés que alcanzó cierta notoriedad en el año 1900.

La ciencia convencional, tradicional e imperante, ha limitado los sentidos del ser humano a cinco concretos; vista, oído, olfato, gusto y tacto.

Que nadie ose argumentar nada más al respecto, somos ese compendio y lo demás obedece al campo de la fantasía, la locura o la gilipollez más extrema.

¿Por qué nos empeñamos en ser tan obtusos, tan extremadamente cobardes?.

Todo lo que no se entiende, todo aquello que no alcanzamos a diseccionar, cual rana en laboratorio, nos da miedo; el miedo nos lleva al rechazo y nos conduce al abismo del ostracismo.

Es una constante en el devenir de la humanidad, una sigla de identidad; hemos perseguido todo aquello que se situase al margen de la corriente imperante, en el ámbito de la religión con especial mala leche.

Hemos llevado a la hoguera al conocimiento, a la inquietud y en ocasiones a la verdadera esencia de un sentido negado hasta la extenuación.

La verdadera comunión del ser humano no se halla en ningún altar, no se encuentra en templos ni en religiones; la única comunión que ha permitido nuestra existencia y desarrollo ha sido la que nos permite la vida,  la naturaleza.

Pero somos flacos en memoria, anoréxicos en moral y psicópatas en actitudes.

Todo ha de tener una clara y diáfana explicación, salvedad de lo que nos interesa canalizar desde cualquier religión, aquello inexplicable es tabú; así siglo tras siglo hemos ido desechando el conocimiento ancestral que la propia naturaleza nos ha ofrecido.

Asesinando el conocimiento más profundo, y limitando los sentidos a lo evidente, hemos avanzado en esta civilización; y no seré yo quien niegue la mayor, ni rehúya los logros alcanzados, no….tan sólo reclamo el derecho a la diferencia.

La naturaleza es inexplicable, sorprendente y maravillosamente ecuánime; determinadas especies animales son portadoras, cual vehículo inmortal, de una especial capacidad.

El lobo, animal totémico ancestral, es una de ellas; la fascinación que ha ejercido, ejerce y ejercerá en el ser humano es evidente, ha sido su estigma y casi su exterminación.

Todos aquellos, que un buen día optamos por convivir con un perro lobo checoslovaco, disfrutamos esa diferencia; esa capacidad, ese misterio oculto tras una mirada subyugante.

Y vivimos pegados al asombro, enganchados a la fascinación más absoluta; esclavos de la sorpresa.

La naturaleza es sabia, cruda y real pero sabia; y en su entorno aún hoy podemos observar, experimentar y sentir.

Tener un plc nos conducirá, inexorablemente, a buscar espacios naturales dónde su propia esencia se convertirá en una explosión para los sentidos.

El bosque siempre ha ejercido una atracción fatal en el ser humano, espacio de cuentos y leyendas, hábitat de lo desconocido; ha sido, es y será el santo grial de lo oculto.

Nada nos predispone a una búsqueda enfermiza, al menos en mi caso, nada me haría pretender encontrarme con lo que desde hace un tiempo llevo sintiendo.

No se trata del oído o de la vista, no…… en nuestros paseos diarios – correrías alocadas de nuestros dos plcs – hemos hecho nuestro un pequeño bosque; repleto de robles y monte bajo.

Un lugar tupido y de muy difícil acceso, con una luz especial y lleno de vida; he observado con fascinación cómo de la espesura surgían nuestros dos plcs en una carrera alocada tras un corzo, y no una ni dos veces…..incontables y maravillosas.

Pero lo verdaderamente extraño, lo que en la primera ocasión me puso los pelos como escarpias, no es lo que haya visto; se trata de lo que he sentido.

En esa primera vez Ciro, el macho de plc, iba adelantado por una senda tan estrecha que apenas si podíamos avanzar por ella; de repente se paró en seco sin señales de alerta como la cola en alto, no….fue una parada en seco sin nerviosismo, pero inquietante.

De pronto abandonó la senda, internándose en la maleza de monte bajo y sin dejar de mirar a ese espacio de bosque al que habíamos llegado; no quiso avanzar más.

Lo he relatado en otro artículo pero me resisto a obviarlo, me dirigí al lugar intentando buscar el motivo; y a pesar de recorrerme todo ese espacio no pude ver ni oír nada.

Y me detuve….. al sentir una extraña sensación de escalofrío, físico, absolutamente físico; no había sonidos, no vi absolutamente nada….pero sentí de un modo sobrecogedor algo diferente, algo presente.

Ciro me observaba sin moverse, con una mirada que jamás olvidaré; absolutamente lobuna, intentaba comunicarse conmigo estoy convencido.

Y decidí sentarme, inundarme del momento; descubrir ese sentido inexplicable que nos hacía – hombre y animal – quedarnos prácticamente inmóviles.

He vuelto cada día a ese lugar en busca de respuestas, no he hallado ninguna; si he encontrado calma, paz, quietud y bienestar.

Los sentidos pueden engañarnos, sin duda lo hacen, pero cuando los convencionales no entran en juego aparece la grandeza de la percepción; la maravillosa sensación de que podemos ser capaces de sentir mucho más allá de la vista, el oído, el gusto, el tacto o el olfato.

Observar a un perro lobo checoslovaco parado en una senda, mirando fijamente hacia un espacio del bosque…….juro que jamás he experimentado nada parecido; y en cada ocasión en la que hemos vuelto al lugar  su actitud sigue siendo reverente, cauto y tranquilo pero reverente.

El bosque es fuente de vida y la vida es un regalo, un lobo es un valor incalculable y un plc un trozo de ese valor; el alma es lo inexplicable y nuestro bosque tiene alma.

En ocasiones nuestros sentidos son insuficientes……. los de un perro lobo checoslovaco siguen ligados a un bosque con alma.

P.S.

La fotografía que encabeza el artículo muestra el lugar exacto relatado.

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